Tras obtener el título de entrenador, ha logrado el ascenso a Regional Preferente con la Unión Deportiva Consolación
Se abre una nueva etapa en la vida de Manolo Calahorro. El que fuera indiscutible capitán del Dos Hermanas entre 1975 y 1983 (una de las etapas doradas del fútbol nazareno, con llenos cada domingo en el campo de Lissén) dirige ahora desde los banquillos. Su debut en 1988 con el equipo de su barrio (la Unión Deportiva Consolación) no pudo ser más prometedor: campeones y ascenso a Primera Regional. Como en la nueva categoría se exige el título de entrenador, “Cala” se ha dedicado durante dos años a hincar los codos para obtenerlo. Uno de sus compañeros de aula ha sido el ex bético Pepe Mel.
Su regreso al Consolación en esta temporada 1991-92 ha sido impresionante. De nuevo otro ascenso. Ha formado un gran grupo (“no solo de futbolistas, también de personas”, nos explica) y han subido a Regional Preferente. Calahorro se considera un ganador nato. Lo era ya en el albero (donde empezó de central, pasó a medio centro y acabó de libre) y lo es ahora dirigiendo un vestuario. A pesar del éxito, asegura que “ser entrenador es ingrato. Las victorias son para los jugadores, pero de las derrotas me siento yo el culpable”.
1992
Empezó en Los Frailes
Su llegada al fútbol fue tardía. Nacido en Montellano en 1951, llegó aquí con sus padres en 1969. Jugando en un llano junto a la Venta Manolín, lo vio un señor desde un coche. Se bajó y le preguntó si quería jugar en un equipo federado. Al día siguiente militaba en el C.D. San Hermenegildo (“Los Frailes”), entrenado por Pepe Santos (el señor del coche). Al año siguiente (1971-72) ya jugaba en el recién fundado Dos Hermanas C.F. formado íntegramente por jugadores nazarenos. Tras la mili, forma parte del C.D. Los Amarillos, la Lebrijana y en 1975 se convierte en capitán del Dos Hermanas. Considera que sus mejores presidentes fueron Juan Varela y Félix Monedero. “Eran los tiempos en que cobrábamos mil pesetas por gol cada uno, y 5.000 por victoria para todo el equipo”.
Nadie le regaló nada. Cambiaba los turnos en su trabajo para poder ir a entrenar. Pero se ganó el cariño y el respeto de la afición nazarena. Hoy, el gran capitán afronta el exigente reto de los banquillos. Su esposa, Maria del Carmen, y sus hijos José Manuel, Jónatan y Javier le apoyan en este desafío. Saben que el fútbol es su vida.